La soda vegana, el safari africano y el post yoga glow.
por Iside Sarmiento
Él insistía que tenía que ser vegana. Poco a poco aceptó el queso. Los huevos los pudimos introducir casi un año después y no duraron mucho tiempo en el menú tampoco. Se abría de 9am a 7pm. Después de eso, si las personas querían algún snack de la estantería apuntaban su deuda en una pizarra llamada “Honor System” -para que le cobraremos después- o pasaban su propia tarjeta en un datáfono inalámbrico al lado de la caja. Todo allí funcionaba de esa manera: intransigente, libre, confiando. Y a pesar de los pronósticos, funcionaba bien.
Diana creó el espacio desde mucho antes. Nosotros lo reabrimos el 28 de mayo del 2016, hace justo 4 años. En palabras de mi contadora: “imagínese que se fue de vacaciones a África, de safari, por varios meses… Ese fue el precio de su aventura”.
La negociación fue tan simple. El espacio estaba, a él le gustaba cocinar -y pintar- y a mi, hija de dueño de restaurante, me hacía gracia la idea de experimentar las chispas que genera el contacto con las personas a través de la comida, los brebajes y en este caso, los antojos después de una buena clase de yoga. Además obvio, estábamos enamorados.
Bhakti. Comida con amor. Servimos varios de los teacher trainings, aniversarios y festivales de Krama Yoga. Batidos rojos, verdes, morados; falafel, casaditos, ensaladas multicolores… todo parecía una pintura. A él en realidad lo que más le gustaba era pintar, pero sí tenía el toque de la buena sazón, sin glutamato y con una buena dosis de tendencias Krishna.
El día antes de abrir, la noche del 27 de mayo, mi amiga Roxy y su novio Toby terminaban de poner las mesas de pallets, puffs de sacos de gangoche, luces tenues y una cortina de cuerdas de mecate que daban cierta intimidad a una esquina de una bodega enorme de 1.100 metros cuadrados. Kiki, por su parte, diseñó, imprimió, trajo y puso los rótulos, que eran más bien dos obras de arte impresas en lienzo. El más grande era una B y el otro el menú: 6 platos muy ambiguos y sin precios establecidos ya que nunca pudimos ponernos de acuerdo en eso, tampoco. Dos años duró el safari. Me dejó uno de los recuerdos más tristes: el de terminar una relación estilo estación espacial desorbitada con uno de los seres más extraordinarios que he conocido en la vida.
También me aportó mucho bueno. Mi nueva cercanía con Diana y Esteban y todas las personas lindas alrededor de este par de gemelos fantásticos, a quienes admiro y quiero muchísimo. La oportunidad de idear, desarrollar y gestionar un proyecto desde cero y que se ponga en funcionamiento exitosa y bellamente en menos de un mes. Trabajar con mis amigas, que aunque claramente no estaban de acuerdo con mi nueva aventura/locura, me ayudaron como siempre, entusiasmadas de un hacer realidad un proyecto tan surreal. Son iguales de aventadas y soñadoras que yo.
Fue pura valentía, de esa que nace al sentir el ser de otra persona. Esos momentos en que todo es posible. Confieso que tengo la inevitable tendencia de ver lo que ofrecen los otros más adentro de la piel. Me enamoro fácil.
Por dicha no nos comió ningún león y sin excepción, cuando recordamos la etapa de Bhakti, la soda que algún día tuvimos en Krama Yoga, con cualquier persona que pasó o comió allá, nos reímos más de lo que nos abatimos.
Bhakti significa devoción y amor. Es el camino más espiritual del yoga -unión- y se describe como la etapa perfecta. Eso lo leí hoy, cuatro años después de la experiencia de abrir nuestra propia soda/café/minirestaurante/juicebar/vortex.
Probablemente nosotros coincidimos en ese espacio de juego previamente creado por Diana para re-conocernos, en esta vida, aunque ya no creo más en la reencarnación.
Existen 9 métodos para practicar el Bhakti. Felizmente los completamos todos.
- recordar
- escuchar
- cantar
- servir a la espiritualidad
- adorar
- considerarse amigo/a
- orar
- servir a otros
- entregar el alma
A Martín, ser extraordinario -por decirlo de alguna forma-, con amor.







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